Cuando escuchamos la palabra trauma, es frecuente pensar en acontecimientos muy graves: un accidente, una agresión, una catástrofe natural o una guerra.
Sin embargo, en consulta muchas personas dicen algo parecido a esto: «No creo que haya vivido ningún trauma. Mi infancia fue normal.» Y, aun así, conviven con ansiedad, dificultad para confiar, sensación constante de alerta, miedo al rechazo o un profundo agotamiento emocional.
¿Cómo es posible? Una forma de empezar a comprenderlo es recordar que el impacto de una experiencia no depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de cómo pudo vivirlo cada persona y de los recursos y apoyos disponibles en ese momento. [1]
El trauma no es solo el acontecimiento
Dos personas pueden atravesar una misma situación y responder de formas diferentes. Influyen la edad, la duración de lo vivido, la sensación de seguridad, el acompañamiento recibido y los recursos emocionales disponibles. Por eso, una experiencia no se mide únicamente por la gravedad objetiva del hecho.
Una pregunta útil puede ser: «¿Tuviste que afrontar algo para lo que no estabas preparada y sin el apoyo suficiente?»
Cuando la respuesta es afirmativa, aquella experiencia puede haber dejado una huella en la manera en que el cuerpo y el sistema nervioso responden al estrés. Esto no es una etiqueta ni una explicación única para todo lo que nos pasa: es una posibilidad que puede ayudarnos a mirar nuestra historia con más contexto.
A veces la herida se construye poco a poco
No todas las heridas emocionales aparecen de un día para otro. Muchas se forman lentamente, a través de experiencias repetidas. Crecer sintiendo que nunca eras suficiente; aprender que expresar emociones era un problema; vivir con miedo a enfadar a los demás; recibir críticas constantes; no sentirse comprendida o tener que cuidar emocionalmente de los adultos son algunos ejemplos posibles.
Quizá ninguna de estas situaciones parezca extraordinaria por sí sola. Pero cuando se mantienen durante años, pueden enseñar al sistema nervioso que el mundo no es un lugar completamente seguro. La respuesta de cada persona será distinta y no todas las dificultades psicológicas tienen su origen en experiencias traumáticas. [2]
Lo que una niña aprende para adaptarse puede continuar en la vida adulta
Cuando somos pequeñas no podemos elegir el entorno en el que crecemos. El cerebro y el cuerpo hacen lo que necesitan para adaptarse. Si recibir cariño parece depender de hacerlo todo perfecto, quizá aprendamos a ser muy exigentes con nosotras mismas. Si expresar tristeza genera rechazo, tal vez aprendamos a esconder lo que sentimos. Si el ambiente es impredecible, podemos desarrollar una gran capacidad para anticiparnos a los problemas.
En su momento, estas estrategias fueron útiles. Ayudaron a adaptarse. El problema aparece cuando siguen funcionando muchos años después, aunque ya no sean necesarias o se conviertan en una fuente de malestar.
Una mirada con curiosidad
¿Qué aprendí sobre mí para poder adaptarme a mi historia?
No busques responder de inmediato. Puedes dejar que la pregunta te acompañe durante unos días. Quizá aprendiste a ser fuerte, a no pedir ayuda, a agradar a todo el mundo o a callar. O quizá aprendiste algo completamente diferente.
Reconocer estos aprendizajes no significa culpar a nadie. Significa empezar a comprender cómo has llegado hasta aquí.
¿Qué huellas pueden quedar?
Cada persona es diferente, pero algunas experiencias sostenidas pueden acompañarse de una necesidad constante de control, miedo a equivocarse, dificultad para poner límites, culpa al priorizarse, hipervigilancia, ansiedad persistente, baja autoestima, dificultad para confiar, desconexión emocional o cansancio físico y mental.
Muchas personas intentan cambiar estos patrones únicamente con fuerza de voluntad. Sin embargo, cuando entendemos que pueden ser respuestas aprendidas de protección, podemos empezar a tratarnos con una comprensión distinta.
Entonces, ¿significa que todo es trauma?
No. Este matiz es importante. No todas las dificultades psicológicas tienen su origen en experiencias traumáticas y tampoco todas las personas que viven situaciones difíciles desarrollan un trauma. Cada historia es única.
El objetivo de hablar de trauma no es poner una etiqueta, sino comprender mejor qué puede estar manteniendo el sufrimiento de una persona y encontrar la forma de ayuda más adecuada.
El sistema nervioso puede seguir aprendiendo
El cambio no consiste en borrar el pasado. Consiste en que el pasado deje de dirigir el presente. Las intervenciones psicológicas pueden ayudar a desarrollar estrategias de afrontamiento y a manejar situaciones que desencadenan malestar, siempre dentro de un proceso ajustado a cada persona. [1]
En terapia, el trabajo puede incluir psicoterapia centrada en trauma, Brainspotting cuando esté indicado, regulación del sistema nervioso, psicoeducación y estrategias de autocuidado y bienestar mente-cuerpo. El objetivo no es revivir continuamente lo ocurrido, sino ayudar a que cuerpo y mente puedan experimentar de forma gradual más seguridad.
Para terminar
No eres la suma de las cosas difíciles que has vivido, ni estás condenada a repetir siempre los mismos patrones. Las experiencias del pasado pueden dejar huellas, pero esas huellas no tienen por qué definir tu futuro.
Con el acompañamiento adecuado, es posible desarrollar nuevas formas de relacionarte contigo misma, con los demás y con el mundo desde un lugar de mayor seguridad y bienestar.
Referencias
[1] Organización Mundial de la Salud. «Trastorno de estrés postraumático».
[2] National Institute of Mental Health. «Trastorno por estrés postraumático».

