¿Alguna vez has sentido que tu vida, en teoría, está bien, pero tu cuerpo parece no haberse enterado?
Quizá ya no estás en aquella relación que tanto te hizo sufrir. Has cambiado de trabajo. Tus hijos han crecido. Han pasado años desde aquella etapa tan difícil. Sin embargo, sigues despertándote con ansiedad, te cuesta relajarte, duermes mal o vives con la sensación de que en cualquier momento va a pasar algo malo.
«No entiendo qué me pasa. Sé que todo está bien, pero mi cuerpo no se lo cree.»
Esta frase describe una realidad que aparece con frecuencia en terapia: el cuerpo puede seguir reaccionando como si el peligro continuara, incluso cuando la situación que lo provocó ya ha terminado. Hay una explicación para esta experiencia y existen formas de acompañarla en un proceso terapéutico adecuado. [1]
Tu cuerpo no está roto. Está intentando protegerte.
Durante mucho tiempo se ha entendido la ansiedad o el estrés como un problema de «pensar demasiado» o de «no saber gestionar las emociones». La realidad es más amplia. El sistema nervioso está orientado a detectar y responder a posibles amenazas; estas respuestas pueden activarse de forma rápida y automática. [2]
Ante una amenaza, el organismo puede aumentar la energía y la vigilancia, impulsar a escapar o facilitar una desconexión emocional cuando algo se siente demasiado intenso. No elegimos estas respuestas de manera consciente: son intentos del cuerpo por protegernos.
Cuando sobrevivir se convierte en la forma habitual de vivir
Imagina una etapa prolongada de estrés: una separación difícil, una enfermedad, un duelo, una infancia marcada por la inseguridad, un ambiente familiar tenso o años cuidando de todo el mundo mientras te olvidabas de ti.
En situaciones así, el sistema nervioso puede aprender a mantener un alto nivel de preparación. El problema aparece cuando le cuesta volver a registrar la seguridad, aunque la situación haya cambiado. Como un detector de humo que sigue sonando cuando el incendio ya ha terminado.
¿Cómo se puede notar una alerta sostenida?
No todas las personas lo viven igual. Estas señales no son un diagnóstico, sino posibles pistas para mirar con más curiosidad lo que está pasando:
- Cuesta relajarse incluso cuando hay tiempo para descansar.
- Se mantiene una sensación de estar pendiente de todo o de necesitar controlarlo.
- Hay sobresaltos, cansancio persistente o dificultad para dormir.
- Se acumula tensión en el cuello, la mandíbula o los hombros.
- Resulta difícil decir que no, disfrutar o bajar el ritmo.
- Algunos síntomas físicos se intensifican durante épocas de estrés.
Muchas personas se sorprenden al descubrir que estas experiencias no tienen por qué hablar de debilidad: pueden ser la expresión de un sistema que lleva mucho tiempo intentando protegerlas.
El trauma no siempre tiene la forma que imaginamos
Cuando pensamos en trauma solemos imaginar un acontecimiento único y extremo. Sin embargo, también puede haber experiencias sostenidas en las que una persona no se ha sentido segura, comprendida o protegida: crecer con críticas constantes, sentir que había que ser perfecta para recibir aprobación, hacerse cargo de problemas ajenos muy pronto o vivir relaciones impredecibles.
No todas las personas que atraviesan estas experiencias desarrollan un trastorno. Aun así, pueden quedar formas de funcionamiento que hacen que la alerta se active con facilidad. Las respuestas posteriores a acontecimientos difíciles son diversas y dependen de la historia, el apoyo disponible y muchos otros factores. [1]
¿Por qué sigo teniendo síntomas si aquello ya pasó?
El cerebro racional y el sistema nervioso no siempre avanzan al mismo ritmo. Una parte de ti puede saber que ahora estás a salvo, mientras otra sigue utilizando las reglas que aprendió cuando necesitaba protegerte. Por eso es posible pensar «sé que no pasa nada, pero no consigo calmarme».
No es una falta de voluntad. Es un aprendizaje profundo, y precisamente porque es un aprendizaje puede cambiar con tiempo, comprensión y acompañamiento.
Recuperar una sensación de seguridad
El objetivo no es eliminar las emociones ni obligarse a pensar en positivo. Desde un enfoque integrativo se puede trabajar para que el sistema nervioso viva experiencias nuevas de seguridad, siempre adaptadas a las necesidades de cada persona.
Una pausa breve
Antes de seguir, prueba a observar sin cambiar nada.
Pregúntate: «¿Cómo está mi cuerpo ahora mismo? ¿Dónde noto más tensión? ¿Qué emoción está presente? Si mi sistema nervioso pudiera hablar, ¿qué necesitaría hoy para sentirse un poco más seguro?».
No hace falta encontrar una respuesta inmediata. A veces, el primer paso para salir del modo supervivencia no es hacer más, sino empezar a escucharnos de una forma diferente.
En terapia pueden combinarse la comprensión de lo que ocurre, recursos para regular la activación, el procesamiento de experiencias que siguen generando malestar, la escucha de las señales del cuerpo y hábitos que favorecen el equilibrio emocional. La atención profesional puede ser especialmente útil cuando el malestar persiste o interfiere con la vida diaria. [3]
Un último mensaje
Si te has sentido identificada con este artículo, recuerda algo importante: no eres defectuosa. Tu cuerpo ha aprendido a protegerte de la mejor manera que sabía. Y del mismo modo que aprendió a vivir en alerta, también puede aprender a sentirse seguro de nuevo.
Sanar no significa olvidar lo vivido. Significa dejar de vivir condicionado por ello.
Referencias
[1] Organización Mundial de la Salud. «Trastorno de estrés postraumático».
[2] National Institute of Mental Health. «Trastorno por estrés postraumático».
[3] National Institute of Mental Health. «Coping With Traumatic Events».

